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Egipcio

Egipcio

Introducción

« El Uno nace del Múltiple…
y el Múltiple surge de la disolución del Uno…»
Empédocles de Agrigente [1]

Este tema ha sido ampliamente debatido en el transcurso de los siglos y una sola pregunta pone bien en evidencia su complejidad : ¿puede usted decirme qué es el agua? Forma parte de nuestro entorno conocido. Entonces, ¿puede decir exactamente qué es el agua? Usted responderá :

— « El agua es un líquido; es refrescante si no se la hace hervir; tiene la capacidad de quitar las impurezas, de limpiar, de disolver ciertas sustancias; el cuerpo necesita de ella, también la bebemos pero debe ser dulce y no salada como la del mar… »

MoleculeEau
H : hydrogène — hydro et gène — littéralement « qui produit de l’eau », élément atomique le plus simple.
O : oxygène — du grec oxus, « acide », gaz invisible, élément clef pour la vie terrestre.
2H + 1O = H2O : une molécule d’eau !

Usted no ha dicho lo que “era” el agua. Ha descrito sus cualidades. Prosiguiendo en esta tentativa, usted dirá :
— « Los científicos dicen que el agua es un compuesto de dos moléculas de hidrógeno por una molécula de oxígeno. »
Usted da una fórmula química pero sigue sin decir lo que es el agua en si misma. Para continuar esta investigación, precise, entonces, lo que es el pensamiento o el amor, el hecho, para un ser humano, de poder pensar y amar.
Para definir lo que es el pensamiento y el amor usted utilizará imágenes y sensaciones, dará sus diferentes contenidos posibles; en la mejor hipótesis, si usted puede, elaborará una fórmula matemática representando lo que es el pensamiento o comparará el amor con un campo de expansión magnético. Pero el pensamiento o el amor, en sí mismos, no podrá definirlos más de lo que ha podido definir el agua… no porque usted sea estúpido, sino porque, con el aparato mental del hombre, es imposible hacerlo. Usted experimentará los efectos del agua — agradables y desagradables – de la misma manera que usted vivirá los efectos del amor y sabrá que piensa. Pero ¿quién ama en usted y quién sabe en usted que usted piensa? El debate se complica y no puede ser de otra manera.
Por lo tanto, si nosotros somos incapaces de concebir lo que son, en sí mismos, el agua, el pensamiento, el amor — ninguna fórmula química ha podido determinar el componente del pensamiento o del amor —, ni lo que somos nosotros mismos, ¿cómo podríamos expresar, verdaderamente, sin alteración posible, lo que es la Inmensidad Universal y el Concepto más inaccesible que la formulación humana llama « Dios» ?
Usted utilizará el mismo aparato mental para intentar semejante formulación y dirá :

— « Dios es « como » un calor en el corazón, una paz “indescriptible”, una inmensa Luz, un cielo infinito, un mar sin orillas, etc… »

Intelectualmente[2], no ha podido decir lo que verdaderamente es “Dios” en Sí Mismo, usted únicamente ha expresado Sus Cualidades, igual que no ha podido decir lo que es el agua o el amor ni lo que es usted verdaderamente.
Ahora bien, si usted no puede decir nada de la realidad de las cosas ni de cualquier fenómeno de los que experimenta cada día, tampoco podrá penetrar la Realidad Divina.
Esta imposibilidad reside en el hecho de que nosotros razonamos como’« entidad separada » : existe el otro, « mi amigo Juan, por ejemplo, y yo; somos dos; él y yo, no es el mismo ser; cuando a Juan le duelen las muelas, no soy yo quien sufre pues el siente daño y yo no…; la mesa y yo somos dos modos de existencia diferentes : la mesa es un objeto fuera de mi cuerpo y yo soy un ser, un ser animado… »
Tantas y tantas definiciones que se basan en una separatividad entre todo lo que existe y nosotros; en efecto, « la mesa y yo no podemos estar confundidos… Esta “separatividad” implica una distancia, un espacio separador : la mesa está ahí – aunque sea a un metro de mí, pero no está en mí – y yo estoy aquí. Este espacio, para ser recorrido, exige tiempo : necesito unos segundos para tocar la mesa porque, efectivamente, está a un metro de mi cuerpo… »
Este desarrollo parecerá muy simplista a quienes se esperan abordar en un capitulo como este conceptos de una extrema abstracción que revelen, según ellos, todo los “serio” de la cuestión. Pero, ¿quién o qué espera esto en ellos? Su intelecto. Ahora bien, nosotros lo hemos constatado, el intelecto humano no puede « conocer » la realidad de sea lo que sea; solamente describirá en su propio lenguaje, « las cualidades » de una realidad experimentada (el agua, el amor, el pensamiento) y, si es íntegro, reconocerá que, verdaderamente, no « conoce » nada. Incluso si comenzamos a saber cómo utilizar algunas cosas la electricidad o ciertos componentes químicos de la materia densa ¿sabemos lo que realmente son la electricidad y la materia?

Basado en la “separativídad”, el intelecto no puede conocer la “realidad” de sea lo que sea, la realidad del agua, del amor, del pensamiento, del Universo y por lo tanto del concepto de « Dios ».

Es la razón por la cual el Universo y el concepto de lo Divino siempre han sido descritos por medio de imágenes o de símbolos susceptibles de despertar en nosotros la posibilidad de una comprensión aproximada, incluso indecible, de lo que son. No obstante, su mejor enfoque lo dan las Matemáticas.
No se trata de las Matemáticas « humanas », basadas en los criterios de la « lógica », tal como el Intelecto la concibe -tenemos elucubraciones matemáticas que se vienen abajo a la menor demostración – sino de las Verdaderas Matemáticas, aquellas que ninguna demostración opuesta podría destronar.
Estas Matemáticas, que constituyen « el Hilo de Ariana » en el laberinto del Intelecto, han sido calificadas de « Divinas » porque contribuyen al Conocimiento del concepto de Dios, del Universo y por lo tanto de lo que somos. Son aquellas que Pitágoras aprendió en Egipto, las que enseñó y las que permitieron a la ciencia descubrir mucho más tarde, algunas facetas de la realidad que nos rodea. Ese “Hilo” es « La ley de los Números », ley que revela la Base sobre la cual se organizan todas las Fuerzas Universales. Esto será cierto no solamente para comprender la realidad del mundo físico y más sutil, sino también, y sobre todo en lo que nos concierne, para saber si una práctica llamada “teúrgica” es verdaderamente tal : si es la Obra Divina que es puesta en actividad o una aberración intelectual, muy lógica en apariencia, pero aberración, que lleva a un desorden de las fuerzas en un mismo y alrededor de sí mismo.
Son las Matemáticas que revelan también el Árbol de Vida Cabalístico, complementándolo con imágenes, con símbolos, para explicar así el Infinito desde lo que es finito — el Intelecto — y permitir al ser humano aplicar concretamente este Saber para que transmute sus límites.
Este modo de razonamiento y de aplicación del Conocimiento en la vida diaria provocarán el despertar progresivo en el hombre del verdadero « aparato captor » del Conocimiento, el cual, al ignorar la separatividad, se revelará como Aquel Que Conoce. Y será así, porque funcionará « en el corazón » de todas las cosas, « en el Centro ». Esta “centralidad” del ser engendrará la unión del Conocimiento (usted, que quiere conocer) y el objeto del Conocimiento (cada cosa, el agua, el amor, el pensamiento, usted mismo, el Universo y el concepto de Dios) y hará saber con certeza que es únicamente en el Centro en donde uno se convierte en el Todo.
Por este Conocimiento el buscador sabrá entonces que los libros solamente le han abierto el camino pero nunca han podido comunicarle la Experiencia del Universo y de la Divinidad.
Por consiguiente, esta obra espera contribuir, como tantas otras lo hacen, a la apertura del camino proponiendo una representación simbólica del Universo y del concepto de Dios, pero no puede pretender describir verdaderamente lo que es.
La integralidad de este texto, intitulado  « La Lección del Egípcio », está extraído del libro de Alexandre Morayson « La Luz sobre el Reino », capitulo II – páginas 63-67. Este fragmento (texto y anotaciónes) está protejido por Copyright, tal como la totalidad de este Sitio.
 

 


[1] Filósofo pitagórico griego (492 al 429 aproximadamente antes de J.C.); Fragmentos, XVII, 10-11.
[2] Es decir, según la Doctrina Hermética, en el plano del « mental inferior ».